Esta es la nuestra, la de Gudú, la que nos vemos forzados a vivir. No existen los sentimientos puros, no existe lo profundo, nada es, todo parece. Vivimos en una tenue versión de la realidad, impedidos de sentir, huyendo del sentir. Miedosos, temerosos de mirar adentro de nosotros, temerosos de mirar a los ojos de los demás y de oírnos decir cosas que no sabemos de nosotros. Llenando las horas de vacuidad y pasatiempos. Este es el mundo en qué vivo. Este es el mundo de los ricos que no ha de durar. No debería durar. El mundo en el que yo soy me invita cada día a los pensamientos cortos y vacíos. El mundo en qué vivo me ha hecho tener miedo de mí mismo. Hasta el punto de obligarme a dudar si hoy soy lo que soy o soy una sombra. Lo dudo, y lo dudaré… porque no tengo valor para comprobarlo.
La vida en la que no existe nunca nada suficientemente malo o bueno para hacerte cambiar de rumbo, la vida en la que nada es real, entre algodones se vive tranquilo, pero no plenamente. Sé que soy capaz de todos los sentimientos, incluso de los que no he experimentado aún… pero nada los despierta, nada los espolea. He vivido momentos grandes, plenos, buenos… pero siempre buenos. Porque en este mundo, debes avergonzarte de lo malo que hay en ti, de lo malo que te rodea, debes cerrar los ojos, debes pretender que no existe… Si lo pretendes, los demás lo aceptaran. Y eso, malo, no existirá.
La conversación banal, el sentimiento leve, la tenue seguridad del aciaguismo. Ahí estamos, hacia ahí andamos.
Mi vejez tal vez sería la vida de un adolescente, entretenido desde la butaca por los inventos recientes, pero sé que no llegaré. Porque el mundo no puede tolerar más de 50 años de vacío contra horror, de indiferencia frente a muerte. ¡No puede! La muerte siempre contraataca.
¿Qué será tan grande para levantarnos de nuestro sopor? ¿Qué será? Y sobre todo, ¿cuándo será?
lunes, septiembre 01, 2008
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