lunes, septiembre 01, 2008

Vuelvo a ti... (en días pasados)

Vuelvo a ti en los páramos del cansancio extremo. Esta vez no es existencial, se trata de una clase de agotamiento físico improductivo que me impide gozar de mi fuerza acostumbrada.
Cada vez más lejos de mi mismo, cada vez más lejos de lo que era cuando era un niño. Porque ya no me dejan serlo. Y era entonces cuando una palabra al viento me caía en el oído, entraba y calaba, y allí se quedaba a descansar para siempre, como un aprendizaje… sin el como, un aprendizaje a cada segundo. Una absorción instantánea de todas y cada una de las cosas que el mundo me mostraba. Y eso no está más, se fue… mejor, se quedó en alguna parte de mi pasado. Como allí se quedaron mi cuerpo y mis sentidos, la esponja que era mí ser, la caja vacía de impresiones y la tabla rasa de mi mente. Cuando todo me parecía plausible… Y hoy, a los 23 años, veo desolado como la triste terquedad me cala, como la certeza odiosa anida en mi. En las actitudes de mi vida asidua descubro otro yo que no soy yo. Es un yo altivo, beligerante y lo suficientemente seguro de sí mismo como para agredir al otro diferente. Una altivez estúpida lucha para hacerme olvidar que un día fui el mundo, que en instantes soy el mundo, que en instante puedo comprenderlo todo. Suerte que el que está dentro me grita, me grita y me allana el camino hacia la esencia.
¿Adónde fue mi voz interior? No es de hoy que la he perdido. Se quedó a las orillas de las excursiones que el niño que fui hacia al río, en un caballo negro y feo. En esas mañanas con frío y libertades.
Y en mi van quedando huellas, en mi va quedando la vida. Apenas he empezado a ser adulto y el hastío por el futuro es la única salida posible… no la única, la única que me atrevo a tomar. Las hay otras, las puedo ver… ¿las tomaré jamás? Y lo más triste, ¿por qué siempre he podido ver las otras puertas? Desde siempre, desde que descubrí que mi vida no sería lo que yo quisiera, desde el día que supe que viviría ajeno a mi mismo… desde ese día intento huir. No, no lo intento. Sé que creo que quiero huir, y sigo mi vida, cobarde.
Podría entrar en un bucle extraño y postmoderno de ensoñaciones sin fin que me llevarían a donde estoy, a la quietud de mi silla incómoda, pero no lo haré.
Sólo dejaré constancia del fin, también, de mi era postmoderna. Tal vez los 18, tal vez antes, en algún momento descubrí la certeza de que todo era cierto… No, ahora es claro. Fue antes de esa edad. Con esa certeza ambigua articulé mi vida, llegando constantemente a quedar paralizado (llegar a estar paralizado) por la abrumadora existencia holística del mundo. El todo me invadía, entraba en mi, era capaz, soy capaz de entender todo sin discriminar nada, de creer todo sin juzgar… no por falta de voluntad, por falta de despertitud. En esos tiempos que pasaron ayer, no antes, la nada estaba justificada por el todo. No moverme era el resultado de la vorágines de mi alrededor. La sabiduría abrumadora paralizaba mi ignorancia.
Este estadio saltó… en algún momento indefinido pasó algo, extraño, que no recuerdo. Y en ese momento entendí que el postmoderno para y mira y nada más. ¿O ya lo recuerdo? La inspiración del viejo Zerzan, eso fue. Sin saber porque sigo sintiéndome estúpido cuando un libro o una persona me enseña algo. Prepotencia estúpida del estúpido ignorante. Zerzan y una maestra en política internacional, primero ella, detrás él, con dos definiciones breves y simplistas definieron mi era, definieron la esencia de mis pasos, postmodernos, aún sin método ni plasmación. Allí estaba yo, un postmoderno de 23 años sin escuela ni cultura, incógnitos para él Focuault, Derrida o el otro, que ya no recuerdo. Incógnitos totalmente. Ajenos, lejanos, aunque quizá ansiados (como, por otra parte, todos aquellos que han dicho algo interesante en el mundo. Si no fuera por mi vida finita…). Un postmoderno de supermercado en los 23 veranos desaprovechados tal vez en reflexiones profundas que acaban a un metro de la superficie…. No necesito más, desde 1 metro se ve el océano, si llevas buenas gafas y no olvidas que debes moverte para ver el resto. Una buena metáfora se me ha ocurrido aquí: siempre he pensado que para profundizar ya están los fanáticos de ése tipo de conocimiento, de ésa verdad, de ésa certeza… sobre ella lo sabrán todo; yo no, no lo necesito, solamente quiero cuidar mis gafas para que desde un metro de profundidad, tal vez algo más, me permitan ver todo lo que hay debajo, construirme una idea vaga, llena de sombras e inexactitudes pero que me sirva para saber que eso también existe. No necesito más, si sé que existe, sé que lo puedo entender, llegar a compartir. Si lo puedo compartir lo puedo mejorar… a otra cosa.
Este es mi cerebro, el que no se detiene, el que no profundiza, el que pica de todas partes, sabe algo sin saber nada, sabe algo porque sabe nada y salta y busca, en cada segundo, más allá del horror del cansancio. Ese es mi cerebro, siempre buceando a poca profundidad, pero buceando al fin…
Y decía a todo esto que el niño que fui ya no lo soy. Y a marchas forzadas voy olvidando lo que fui, y cómo fui y cómo llegué a ser lo que soy hoy. Aquí pierdo mi frágil razón: sé que existió mi infancia, pero no la puedo entender de nuevo si no la estoy sintiendo.
Dame tiempo y me pararé a recordar lo que fui en ese patio a las once menos diez, recordaré el aire de la felicidad en mi cara, los rincones de mi vida entera los recordaré y los veré y volveré a ser como entonces.
Dame tiempo y seré lo que soy. Quítamelo y solamente seré lo que debo ser.

La vida tenue de la generación fugaz

Esta es la nuestra, la de Gudú, la que nos vemos forzados a vivir. No existen los sentimientos puros, no existe lo profundo, nada es, todo parece. Vivimos en una tenue versión de la realidad, impedidos de sentir, huyendo del sentir. Miedosos, temerosos de mirar adentro de nosotros, temerosos de mirar a los ojos de los demás y de oírnos decir cosas que no sabemos de nosotros. Llenando las horas de vacuidad y pasatiempos. Este es el mundo en qué vivo. Este es el mundo de los ricos que no ha de durar. No debería durar. El mundo en el que yo soy me invita cada día a los pensamientos cortos y vacíos. El mundo en qué vivo me ha hecho tener miedo de mí mismo. Hasta el punto de obligarme a dudar si hoy soy lo que soy o soy una sombra. Lo dudo, y lo dudaré… porque no tengo valor para comprobarlo.
La vida en la que no existe nunca nada suficientemente malo o bueno para hacerte cambiar de rumbo, la vida en la que nada es real, entre algodones se vive tranquilo, pero no plenamente. Sé que soy capaz de todos los sentimientos, incluso de los que no he experimentado aún… pero nada los despierta, nada los espolea. He vivido momentos grandes, plenos, buenos… pero siempre buenos. Porque en este mundo, debes avergonzarte de lo malo que hay en ti, de lo malo que te rodea, debes cerrar los ojos, debes pretender que no existe… Si lo pretendes, los demás lo aceptaran. Y eso, malo, no existirá.
La conversación banal, el sentimiento leve, la tenue seguridad del aciaguismo. Ahí estamos, hacia ahí andamos.
Mi vejez tal vez sería la vida de un adolescente, entretenido desde la butaca por los inventos recientes, pero sé que no llegaré. Porque el mundo no puede tolerar más de 50 años de vacío contra horror, de indiferencia frente a muerte. ¡No puede! La muerte siempre contraataca.
¿Qué será tan grande para levantarnos de nuestro sopor? ¿Qué será? Y sobre todo, ¿cuándo será?